Aprendiendo a bailar

Al son de la luz,

o al de la tormenta,

de la mano,  abrazadas o solas,

toque lo que toque

veo a mis mayores

pasar los días bailando.

 

Torpemente empecé mi danza

con la inocente fuerza

de creerme incansable.

Ingenua bailarina

en sus primeros valses.

 

La fatiga de mis maestras

me parecía exagerada

¡con el bonito son que se marcaban!

 

Sabía del tiempo y sus heridas

pero no entendía todavía

que, a veces, danzar duele

y duele que haya un baile,

y duele hasta la música.

 

El salón lleno,

algunas ausencias,

otros aferrándose a sus zapatos

siguen dando vueltas,

y por fin aprendí

que no tenemos nada más

que sentir la música

y duela o alegre,

que nuestros pies la sigan.

 

Al son de la luz,

o al de la tormenta

abrazada o arrastrándote sola,

baila, amiga, baila.

 

Que mientras dure el baile soñamos

que podemos volar

por encima del dolor

y la muerte.

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Resquicios

Se acababa de levantar, pronto, como siempre, y ya esperaba el negro café en su diminuto vaso dando vueltas mientras calentaba. Era de los pocos momentos a solas. Su ritual. Su fortaleza.

 

La casa es nueva, hace poco que la estrenaron. Solo han pasado cuarenta años fuera de su tierra esperando ese hogar junto a los suyos. Cuando volvió ya le faltaban dos de los hombres de su vida: su padre y su hermano. Le queda el consuelo de ser el cascabel que alegra a su madre.

 

Todavía hay cajas por colocar en el cuarto que llenarán las voces de sus nietos. No hay prisa, tampoco hay pausa. Él se levanta cuando ella ya coge carrerilla para empezar un nuevo día de recados. Vuela ligera con la sonrisa siempre puesta. De pequeña aprendió a no pedir para ella, a guardarse la preocupación, el dolor y la pena. Los años de internado imprimen carácter.

 

Pero ni la distancia, ni el silencio restan brillo a esos dos ojos azules que iluminan de consuelo a los que la rodean.  Hay cárceles que se construyen toda la vida sin darnos cuenta, pero todas tienen sus resquicios por los que entra el sol que todo lo calienta.

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De sobremesa

Las dos primas charlaban en una de esas sobremesas que una no quiere que se acaben nunca. Las manos y los brazos tienden hacia la otra sin darse cuenta como buscando retenerla y el ratito compartido se les escapa poniéndose al día tras meses en la distancia de la rutina.

 

La de la cara redondita era una niña, se le notaba en la dulzura de su suave sonrisa, siempre sincera, siempre tímida. Las arrugas impertinentes junto a los ojos se empeñaban en aclarar que su cuerpo tenía otra edad, como si eso tuviera alguna importancia.

 

El tumor cerebral le dejó la ceguera y la falta de olfato pero la bondad no la mermó lo más mínimo y seguía como si tal cosa emanando luz de su piel de luna. La prima le pregunta que qué tal ahora y la niña responde “bien, hija, bien”, la medicación la dejó tranquila sin esas voces que tanto la inquietaban cuando estaba sola.

 

Y así, junto al vasito de agua medio lleno y el último mendruguito de pan que resiste la recogida de la mesa, se pasa este abrazo charlado a media voz contándose las cosas importantes de la vida, esas que son un te quiero en cada sílaba.

 

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En lo alto de la escalera

Subir como cada día unas escaleras interminables y, tras ellas, otras tantas más. Esta mañana por más malabarismos que hiciera las bolsa de la compra no ayudaban a trepar, se diría que de hecho engordaban a medida que ascendían.

 

Hoy el último tramo está todavía húmedo, tocaba limpiar la escalera, lo raro son esas pisadas, su marido no vuelve hasta la hora de comer y los vecinos están de vacaciones. Habrán venido a pedir – se dice espantando la ligera inquietud mientras acierta a meter la llave en la cerradura justo en el momento en el que las bolsas empieza a luchar desaforadamente entre ellas por ser la primera en tocar tierra.

 

Empuja con el pie la puerta mientras corre a la cocina suplicando a la impertinente cebolla que no salte todavía. Y con las prisas no se dió cuenta que la puerta no sonó al cerrar, ni oyó las suaves pisadas detrás, de hecho, no pudo ni gritar cuando los fuertes brazos la atraparon por detrás.

 

Pero lloró, lloró como una niña al verle Y entre lágrimas atisbó cuánto había cambiado: más delgado, esa barba tan larga y el jersey que no le conocía.

 

– Sorpresa, Mamá- le acertó a decir él también sollozando.

 

Y juntos, abrazados, con las bolsas desparramadas y la cebolla rodando a su libre albedrío, comprobaron que no había llamada que igualara el calor de estar tan cerca.

 

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Cuchillito ensangrentado

Cuchillito del blanco poeta

que te diviertes retorciéndote

en mis entrañas.

 

Brillas riendo cada vez que te clavas

“acaso no sabías

que había de volver”,

me dices entre carcajadas.

 

Cada vez duele más ver cómo

se agrietan y se desploman

los castillos de mi infancia.

 

Torres ya cayeron

y otras tiemblan anunciando

que tarde o temprano

solo podré cobijarme en su fortaleza

visitándolas en mis sueños.

 

Y yo no puedo

cuchillito ensangrentado

detener tu cruel baile.

 

Me dueles

me haces daño

y sé

que apenas has empezado

tu ensañado trabajo.

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Un desayuno que se enfría

pexels-photo-370018Cálida mañana bañada de luz mediterránea. El jardín alegre vestido de primavera y la casa sumida en un respetuoso silencio aguardando a su señora.

 

No era tan temprano como suele levantarse, no va maquillada como suele salir y no baja tan rápido como normalmente se mueve.

 

Él, caballero desarmado, la espera dejando todo como a ella le gusta: la taza humeante, la radio en su emisora favorita arrullando la vacía cocina, y un par de piezas de fruta a ver si hoy desayuna.

 

Ella aguanta esperando que el negro túnel se acabe. Él tiembla pensando qué les espera al otro lado.

 

 

Luz, calor, flores y hasta el silencio, todos fingen que no saben que ahora, en casa, solo reina el miedo.

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La última noche

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Escribir una leyenda

La puerta de la casa se cerró a mi espalda, cogí la mano de mi hermana pequeña y con toda la seguridad que pude aparentar le dije “Tranquila, estamos juntas”. Solo se oían los grillos, las pisadas en la parte de atrás surgieron un poco después. Me agaché y esperé para oírlas otra vez prácticamente tumbada en la hierba. Los rosales me tapaban completamente y estaban tan cerca que olía su perfume que casi parecía pretender aliviar el ritmo frenético que iba alcanzando mi corazón.

No, miedo no sentía, no me lo podía permitir. En ese momento decidí que no nos iban a encontrar, conocía el jardín perfectamente y solo teníamos que reptar con cuidado hacia la portilla que comunicaba con la carretera. Con eso correríamos hacia el pueblo y alguien nos ayudaría, seguro. Eran un puñado de metros y los habíamos corrido cientos de veces jugando. Ahora no se vería prácticamente nada pero tampoco pasaban coches, era fácil. Relativamente fácil.

Los susurros me sacaron del ensimismamiento, las voces y las pisadas estaban a unos metros y la linterna que apuntaba hacia la puerta por la que habíamos salido apenas unos instantes antes fue el detonante. Estaban realmente cerca.

Ni lo pensé, agarré nuevamente la mano de mi hermana y con un gesto de la cabeza le indiqué por dónde íbamos a ir. Su mirada infantil estaba más desconcertada que asustada. No te voy a engañar, yo con mis casi catorce años tampoco sabía ni qué sentir, solo que quietas tampoco nos podíamos quedar.

Con todo mi cuerpo en tensión y los cinco sentidos puestos en hacer el menor ruido posible fuimos moviéndonos lentamente hacia la salida al camino. Estábamos a menos de un metro, ya me iba a poner de rodillas para abrirla cuando pasó lo último que me esperaba: la puerta de la casa se abrió de par en par, reconocí claramente la silueta que salió del interior y escuché con desánimo la frase que ponía punto fina la mi intento de fuga: “¡Ya está la cena!”

Supe que todo había acabado. Cogí la mano de mi hermana que nuevamente me miraba desconcertada pero se notaba que tenía hambre y ganas de entrar ya. Nunca le había gustado salir de noche.

Y ahí lo supe, no puedo explicártelo pero lo sentí con nitidez: miré hacia atrás y me despedí del jardín y de todas las aventuras que habíamos compartido él y yo. Algo me dijo que mi niñez se acababa ahí. Casi me atrevo a afirmarte que sigue columpiándose abajo el sauce llorón esperándome para sortear un nuevo peligro juntas.

La última noche

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